En un vivido suspiro, me conecto con un especioso amanecer, aquel que entre las montañas volvía a florecer en un sol radiante, iluminando un nuevo día lleno de una amplitud de imposibilidades que desafiaban a lo conocido; desperté en mi portentoso árbol, sorprendentemente gigante ante mí presencia, sus hojas extensas y radiantes en un bello destello verdoso, designado por la misma madre tierra en mi nacimiento para guiarme entre las tormentosas circunstancias de una vida diferente; los colibrís paraban la rapidez de su vuelo, para admirar mi cantar hacia el universo y los osos de anteojos, me buscaban para forjar nuestra conexión con el sentir de un solo corazón; en mi día recorría la inmensidad de un horizonte eterno, en el cual, los venados guiaban mi camino, el viento susurraba mi nombre y su luz me murmuraba cada mañana la importancia de volver a mi comunidad, aquella que entre el poder de la naturaleza protegía la inmensidad del páramo.
En este mismo amanecer, en el cual, los animales volvían a comenzar su jornada, se levantaban para admirar la nueva luz del día; los tigres y pumas cazaban su alimento, los pájaros demostraban su talentoso cantar a las hojas, los peces se despertaban entre las profundidades de un agua pura, para volver a ejercitar sus aletas con un nadado lleno de paz, los cóndores escogían de nuevo su propio destino junto a sus amados; los arboles volvían a respirar, en un mismo suspiro, entrelazando sus raíces, para darle vida a la nueva vegetación, el agua volvía a seguir su rumbo y viajaría por donde el viento guiara su camino; yo y mi comunidad volvíamos a recorrer el cuerpo de nuestra grande madre tierra, entre sus bosques, cascadas, minerales, agua, suelo y luz, sintiendo desde el corazón la perfecta armonía de la vida.
En la inmensidad del cielo comenzó a brillar una serie de destellos desconocidos ante mi mirada, era el fuego, pero no de nuestro abuelo Nina, sino, el candente fuego de la oscuridad, del temor, recuerdo escuchar una frecuencia diferente al sonido armonioso de una vida vibrante, era desequilibrado y confuso, provenía desde las radiaciones de aquellas malignas maquinas que invadían nuestro hogar, sentía un choque entre, la confusión de mi mente y el sentir de la muerte; los guardianes, mi padre, madre, hermanos guerreros, comenzaron a luchar desde las tinieblas de una montaña en la que emergía nuestro poder, el llamado del páramo se encontraba en el viento, los animales, el agua, en cada árbol, éramos la unión de una sola existencia, en la cual, luchábamos por el amor y la paz; la humanidad ha de entender que aquel individuo, el cual, entre las espadas de su armadura busca la guerra con su propia existencia, caerá en la profunda oscuridad de un alma perdida por la confusión de una vida frágil.
Aun desde el instante de un olvido opaco, recuerdo nuestros cuerpos descubiertos y cabelleras largas, imitando la majestuosidad de los caballos que nos despejaban el camino hacia una humanidad inconsciente, nos encontrábamos los guardianes del páramo, con la única armadura necesaria para ganar una batalla, el poder que descubrimos en nuestra esencia cuando los ancestros entrelazaron su ser con la luz de la madre tierra; aún no he olvidado, sus caras de burla e imponencia, por las armas que forjaba su gente y las maquinas que destrozaban un ser; mi padre lideraba a los guardianes y con su propia mente derrotaba a cualquiera que pasase en su camino, mi madre, controlaba los árboles, para que su fuerza los empoderaran en las vibras del amor; aunque nuestros cuerpos estuvieran descubiertos, la armadura de un corazón guerrero, liderado entre la lealtad, era más fuerte que cualquier otra arma; así transcurrieron años, en los que, mi ser se encontraba en una profunda tristeza, las lágrimas se denotaban en el sufrir de los árboles, los animales alejaban su existencia del paraíso destrozado, las vibraciones del suelo cambiaban en un ir y venir desequilibrado, mi árbol, aquel que la madre tierra me ofreció para compartí su poder, se había ido, murió el ser más puro de una naturaleza perdida; un guardián ofrece su vida por la causa, la justicia, la lealtad y mi comunidad con frecuentes lagrimas destrozadoras de la felicidad, protegía el páramo hasta su fin; porque, aunque el bien y la luz de la vida sean indestructibles, las energías ignorantes de la destrucción siempre van a existir y entre la confusión de estas dos fuerzas estaremos nosotros los guerreros, los guardianes, los hijos de la madre tierra, aquella que se encuentra en cada humano, animal, planta y vida, en un solo experimentar de la misma existencia.
En las costumbres de mi comunidad, nos reuníamos para compartir la vibrante energía de la madre tierra, nos conectábamos con la melódica música que abundaba nuestro ser, entre el sonido rítmico de la flauta y los tambores, se descubría un nuevo amanecer, lleno de amor y conexión con el todo; éramos una energía que se juntaba entre la confusión de la existencia, en las vibraciones de los árboles, la armonía de los animales, el palpitar del suelo, las memorias de un agua que abundaba su cuerpo y el viento susurrando el cantar de las aves; no eres alguien, ni algo, eres esencia y verdad; voltee mi confusa mirada hacia aquella llama del fuego en nuestra fogata, y te vi entre la luz, manifestaste tu belleza, que entre amor y pureza vibras en esta realidad; entre la felicidad de mis lágrimas, me atrajiste hacia tu esencia, puse la energía de mis manos en tu suelo cubierto de vida y me hiciste entender que la humanidad no para de maltratarte y entre nuestra conexión descubrí el fuerte vibrar de tu corazón, me dijiste que estabas viva como yo y que estabas sintiendo un fuerte dolor, ya que, estamos matando la magia de este mundo por ambición.
Somos el páramo, la conexión de la madre tierra, forjada entre sus guerreros, aquellos guardianes que vibrantes en el amor, paz, pureza y tranquilidad, protegen la existencia de la naturaleza; después de aquel encuentro de dos fuerzas contrarias, en un bosque víctima de la humanidad; los guardianes desaparecieron, al entregar sus vidas en completa lealtad a la luz de un páramo vivo y presente; pero, aunque mi familia desapareció de una existencia física, seguirán siendo parte de un todo, parte de la madre tierra, que me guía para seguir con su deber, el instinto de proteger a la vivida naturaleza.
